martes, 23 de agosto de 2011

Uno, dos, tres, cuatro...



¡Cinco!
Ya me cansé de contar. Qué poco aguante tengo de verdad... soy el temor de aquellos a los que les gusta esconderse bien. Con tan poco tiempo no se puede hacerlo en condiciones.
De pequeña dominaba el juego en cada una de sus variantes pero se ve que con el tiempo se pierden la práctica y el respeto a las reglas. Mientras que antes me buscaba un buen escondite y movía los piececitos con impaciencia para liberar con ese movimiento rítmico el nudo que se me hacía en la garganta hasta que me encontraban, hoy voy a cara descubierta y golpeo con un solo pie el suelo, también de impaciencia, hasta que a alguien le dé por encontrarme.
Lo que no cambia nunca es lo que siempre he pensado, que no hay mejor escondite que el menos evidente de ellos. Nada de armarios, ni de comerse el polvo de debajo de la cama y enrollarse en cortinas tupidas, como las momias... lo mejor es quedarse quieto al sol, que se te vea bien, fundirte con el paisaje y creerte parte de él.
Esconderse no es tan difícil después de todo.
Lo verdaderamente difícil es encontrar a tus compañeros de juegos.