miércoles, 27 de enero de 2010

Amapolaaaaaaaaa ... Lindísima amapooooola ...

Tra-la-rá!
Dicen que quien canta, su mal espanta, pero cuando se trata de mí no se sabe si lo espanto o lo atraigo, porque mi cantar es un mal en sí mismo.
Y por eso, cuando entono mis salmos a la vida, y veo que mi intento de salvar a la humanidad evitando que los escuchen se ve frustrado cuando mi Tere abre la puerta, me pongo roja como una amapola.
Y es que en el fondo soy como una amapola...
Roja, asilvestrada...
La mujer-amapola!
Nah!
Ojalá llegase a valer la mitad de lo que vale una amapola.
Una amapola...
... puede crecer en cualquier lugar.
... puede inundar de color el campo en la primavera.
... puede sacar una sonrisa aún siendo arrancada de su hogar.
... puede marchitarse más fácilmente que cualquier otra flor conocida, lo que la hace el doble de valiosa, porque lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Pero como no todo en esta vida puede ser, aceptaremos cardo borriquero como planta de interiores y asumiremos el papel una vez más.
Voy a regarme un poco, a ver si cultivo espinas y echo raíces en algún lado. Que esto de las ciudades no les sienta bien a las flores del campo.

jueves, 21 de enero de 2010

No es por ti... es por mí!

Me di cuenta tras años y años de investigación, en la más absurda y patética de las situaciones, de noche cerrada, cuando nadie escucha ni mira, cuando todo movimiento, pensamiento o sentimiento está prohibido porque viola de una manera salvaje la quietud ordinaria.
Me di cuenta, como si realmente pareciera que estaba cometiendo un delito.
Y en realidad es así, porque descubrir una verdad apabullante es en realidad un crimen.
Un crimen que te encarcela de por vida.
Pero ahora sé el motivo por el que sale el Sol cada mañana. La razón por la que el mundo gira sin desviarse de su ruta ni pararse para echar algo de gasolina o engrasar el fuelle.
Parece increíble que algo tan insignificante como yo sea poseedor de un conocimiento tan valioso ,¿verdad?.
Casi hilarante, ridículo, casi tan hilarante y ridículo como es el conocimiento que tan valioso se prometía.
Pero a veces las cosas más simples están hechas para las mentes más simples, y esa simplicidad es el engranaje de la vida.
He aquí la frustrante razón:


Porque hasta cuando crees que lloro por ti, mis lágrimas son por y para mí.

jueves, 14 de enero de 2010

Ha llegado a su destino.

Últimamente paso demasiado tiempo en las estaciones... Vida estacionaria, podríamos calificarla sin lugar a dudas.
Esperas en andenes, interminables viajes hacia nuevos universos que poco a poco están siendo descubiertos, grises vueltas al hogar con una mezcla de cansancio y alegría... Esa es mi vida desde hace poco.
Y es que el tren es un mundo paralelo que fluye con dudosa regularidad y no menos incierta rapidez, atravesando el nuestro propio de forma sigilosa, pero no dejando indiferente a nadie a su paso.
Es como una gran matriarca que recibe y despide constantemente a sus hijos perdidos, que bien con prisa despliegan sus alas porque llegan tarde a la vida o bien regresan taciturnos con la chaqueta sobre el hombro del fracaso de la existencia.
Todo puede darse en los trenes.


El sueño, la risa, la cultura, el llanto, la mismísima muerte...
El otro día, en mi odisea particular, creyéndome ya la reina del mambo en mi infinita experiencia con el transporte público, corta pero intensa, como el buen café, me di cuenta de que aún pasan cosas extraordinarias que hacen que seamos conscientes de esa verdad tan estimulante que tanto tendemos a ignorar:
- Las cosas más maravillosas pasan en los lugares más insospechados.
Y es que, cuando nadie parece mirar ni escuchar, el destino nos deja entrever como quien no quiere la cosa algo que te alegra el día, y en cierto modo también hace un poco más amplia la sonrisa con la que deambulas por la vida.
Y me despertó la ternura y la inspiración un enano que dijo con lengua de trapo:
- Mamá, es de noche.
A lo que su madre le contestó:
- No cariño, es sólo un túnel.
Ese instante, tuve el irrefrenable impulso de pensar siempre como un niño, y poder creer que los túneles son oscuridad eterna como la noche, y los trenes bravos caballos de acero.

martes, 12 de enero de 2010

Constitución atlética.

Soy de ese tipo de personas que tiende a correr en cuanto ve que algo le asusta.
Soy de ese tipo de personas que se asustan fácilmente.
No me gusta el miedo, pero puedo olerlo.
Detrás de mí, persiguiéndome...
Por eso intento ser más rápida que él.
Por eso concibo la vida como una carrera en lugar de un paseo.
Faster, stroger, better...
On your marks.
Ready.
Steady.
Go!

If you see I'm in a hurry, don't try to stop me, even to slow me down.
Time is probably running out.

miércoles, 6 de enero de 2010

If you hear an annoying sound, it will probably be my heartbeat.

Con el tiempo todo se reblancede.
El cerebro, los vaqueros, las carnes, el sofá, el corazón...
Todo envejece, incluso las cosas que nos hacen recordar lo jóvenes que fuimos.
Fotos.
Fotos antiguas.
Fotos antiguas de tiempos más nuevos.
No hay retoque que valga, sino el mismo retoque que nos hace maquinar de forma estratega la memoria en un intento por salvaguardar nuestro amor propio.
Por más que lo maquillemos, no podemos huir de ello.
Intenta poner una buena base en crema que se funda con el tono de tu piel, aplícale un poco de colorete vivo para ponerle un poco de fuego en las mejillas, tiñe de negro las pestañas alargándolas hasta el infinito y colorea la boca de colores frescos como los besos que pueden llegar a dar.
De nada servirá.
Por más que se funda el maquillaje con ella, la piel mudará de color.
Por más sútil e imperceptible que sea, el fuego de las mejillas acabará por quemar.
Por más que las alargues hasta el infinito, las pestañas no nos permitirán observar más allá de nuestras narices.
Por más fresca que llegue a parecer una boca, sus besos serán fríos y secos si no están cargados de sentimiento.
No hay retoque que valga.




Sólo conozco un método para conseguir eternizar nuestra imagen.
Un método tan efectivo como delatador.
Una mirada.
Dependiendo de la mirada que nos observe, podemos transformarnos en el más terrible de los titanes o en la más indefensa alimaña que jamás haya sido contemplada.
Y es que todo cambia según los ojos con los que se mire.
Ahora es cuando llega la parte que más odio, la que menos me gusta y la que peor sabor de boca me deja.
Hablar de mí misma.
Hay ciertos ojos sin los que no podría vivir.
Esos ojos...
No es su color, no son las cejas que los enarcan, ni las pestañas que impiden que una mota de polvo mancille su blancura, nisiquiera los párpados que los protegen de la violencia de la luz...
Esos ojos están empeñados en retocarme.
Maquillan la realidad, perturban lo que en las fotos se refleja.
Esos ojos me matan, porque se empeñan en revivirme.
Parecen permanecer quietos en el tiempo, inmutables, mientras me recuerdan que todo cambia en general, y que yo también lo hago, en particular.
Tan enormes y secos que hacen que los míos se vuelvan pequeños como rendijas y húmedos como charcos, dándoles la razón en todo lo que me cuentan. Reparan en mí, tornan para mirarme y con ello hacen que yo misma sea consciente de mi propia existencia.
Y de los cambios que tanto miedo me dan.
Y de saber que puede que esos ojos no estén ahí de forma indefinida.
Son como dos cristales, como dos espejos que me devuelven un reflejo que no es cierto, porque ellos se encargan en su ingenuidad de que mi reflejo parezca algo inusual, magnífico, incierto...
Unos ojos tan inocentes como mentirosos, por mantenerme a salvo.
Mentirosos como sólo sabe serlo un amigo.
Mentirosos como sólo sabe serlo el mejor de los amigos.
Maquillan las mentiras de sonrisas, como sólo sabría hacerlo el mejor de los artistas, el mejor de los amigos.
Porque sabes que mintiéndome, me haces sonreir.
Una sonrisa fruto de mi mentira, de tu mentira, de nuestras mentiras a la humanidad.
Porque donde ella ve hombres y mujeres, nosotros vemos ángeles, como tú y como yo.

domingo, 3 de enero de 2010

Rarezas que dan pereza.

Hoy, gracias a los dos apagones consecutivos que he vivido entre las 19:23 y las 19:31, en los que mi casa, es decir, mi mundo, se ha quedado completamente en penumbra, me he dado cuenta de que soy una persona extraña.
Soy una extraña hasta para mí misma.
Pero eso es algo que ya no me desconcierta demasiado, o por lo menos, no me quita el sueño.
En las mejores familias hay un "rarito" y esta vez, me ha tocado serlo a mí.
Y qué banalidad más cotidiana ha sido la que me ha hecho darme cuenta de mis rarezas...
La culpa fue de la oscuridad, que en mi caso no se manifiesta como en el resto de las personas.
Lo más normal, o por lo menos lo que dictan las leyes de la lógica y del salvaguardo de la propia seguridad, cuando se sobreviene un apagón, corremos a donde sabemos que tenemos las luces de emergencia, para poder buscar velas e iluminar nuestro hogar de una forma cálida y alternativa, dada la desaveniencia.
En mi caso... pasa algo distinto.
Hoy, por propia inercia, cuando me he visto sumida en la oscuridad y he logrado encontrar tras haber buscado a tientas mi famosa luz de emergencia, no he pensado en encender velas no...
He pensado en encender la VELA.
Y no cualquier vela, sino aquella que consigue inundar mi habitación de un olor especial y hacerme entrar en trance.
La vela de mi quemador de aceite.
Pero justo cuando veía ya cerca el triunfo de la oscuridad, que me traería por un ratito mi pequeño paraíso con olor predeterminado a azahar, la luz (o Iberdrola) ha decidido acabar con mi momento de paz, sumiéndome en este tipo de reflexiones que se dan sólo a oscuras, y que te llevan a darte de bruces contra el espejo y ser un poco más consciente de tu persona.
Odio los espejos.
Odio las luces de emergencia.
Odio estar a oscuras sin mi quemador de aceite encendido.
...

Soy rara.
Me aburren las mañanas.
Prefiero cenar a desayunar.
Se me queman las tostadas.
La mala leche, la tengo en caliente.
Me amarga la mermelada.
Echan a correr las vitaminas
del zumo de naranja
en cuanto me ven la cara.
El café me anestesia.
No sé darle la vuelta a la tortilla.
Por más azúcar que le echo,
nunca se me endulza la vida.
No lloro como las magdalenas.
Ni me desinflo como los soufflés.
No soy dulce como un pastelito.
Ni tierna como un bollito.
Si me dejan me como el mundo,
y voy bien desayunada.
Tengo enredos en la cabeza.
No me despierto, me echan al mundo.
En lugar de dar los "buenos días",
rujo.
Siempre me caigo de la cama.
Me queda grande el pijama.
Y...
...debo confesar, desde lo más profundo de mi almohada,
que me da pereza,
cambiar mis rarezas,
cada mañana.