jueves, 31 de diciembre de 2009

Femme fatale

Mujer fatal.
¿Qué narices es eso?
¿Fatal?
¿Por qué?
Seremos hipócritas... Fatal podría denominarse a algo que hace daño, que hiere, que desagrada...
Pero una "femme fatale" hace de todo menos eso, es una vorágine para los sentidos.
Deleitanse los caballeros al observarla, mueren el resto de "femmes angéliques"(para los no iniciados, mujeres de andar por casa) por saber batir las pestañas como ellas, no podemos considerar fatales a tan bellas criaturas.
"En avant" yo diría que son un modelo a seguir, un perfil tan seguro de sí mismo y tan firme en sus creencias que ha perdurado en el tiempo, labrándose hasta un nombre propio, digno de admiración.
A mí, personalmente, me hacen sentirme un poco frustrada, porque el hecho de no ser fatal me ha llevado a no dejar huella allá por donde voy.
Creo que me "fatalizaré" algún día, no muy lejano, para que todos me recuerden como una criatura adorable. Y los caballeros se deleiten al observarme y las "femmes angéliques" aprendan de mí.
Porque, después de todo, a ninguna "femme fatale" le rompieron el corazón, cosa que si hacen con las "femmes angéliques".


"Mais... attendez... c'est possible que la naîssance d'une femme fatale arrive grâce à la rupture du coeur d'une femme angélique"
Hoy, me siento francesa.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Siempre se apetece lo que no se puede.

En estados pseudo-comatosos como en el que me sume actualmente esa extraña pero común enfermedad llamada "malestar general", tal y como la describen los prospectos de cualquier Frenadol de estos que tenemos por casa, me da por darme cuenta de todo aquello que puede hacerse cuando uno goza de salud plena.
Y como buena incorformista que soy, me da por intentar conseguir todo aquello que no puedo tener.
Y en momentos de fiebre, malestar general y dolor de garganta es cuando, postrada en la cama, intento vociferar:
- ¡Mamaaaaaaaaá, un ibuprofenooooooooooooo!-
Pero lo único que sale de mi maltrecha garganta es un chirriar similar al de unos frenos de bici mal engrasados.
Y mi ser entero se deshace por poder gritar como una verdulera.
Es entonces cuando una,impotente al darse cuenta de sus limitaciones, comienza a divagar por ese extenso mundo de las ideas inaccesibles que engloba la pregunta que nos asalta eternamente:
"¿Qué pasaría si...?"
Y al respecto de los gritos, a mí me asalta constantemente una muy concreta.
"¿Qué pasaría si todos los seres humanos y alimañas varias que existen sobre la faz de la Tierra nos pusiéramos de acuerdo y gritáramos al unísono?
Imaginaos, poneos en tesitura.
Una mujer árabe haciendo el típico Zaghareet, ese grito que con tanta gracia hemos imitado todos batiendo la lengua entre las paredes de la boca, y que nos ha hecho sentirnos realizados y ridículos a partes iguales.
Un cantante de ópera vienés junto a un monje tibetano que recita sus retaílas con profunda voz.
Un bebé de llanto neonato arrullado por una mujer cuyos gritos provienen del maltrato, y no piden otra cosa que clemencia y libertad.
Vociferantes machos reunidos para ver cómo su equipo pasa a semifinales, batiendo corazones y bufandas de forma sincronizada. El pescadero que grita para anunciar su mercancía de primera en el mercado de tu barrio, y los políticos chillando como cerdo en día de matanza para imponer su dudosa superioridad en cuanto a lo que en tu país se va a hacer.
Gritos de aquel que quiere ser escuchado, gritos de aquel que quiere que su voz suene más fuerte para que la voz del que quiere ser escuchado se funda en una maraña de ruido y desentendimiento...
Voces, muchas voces, que si se pusieran de acuerdo podría colapsar a la Tierra debido al tremebundo nivel de decibelios que se alcanzaría.
Y al maquinar esta serie de penosas ideas que mi mente sintetiza a todas horas es cuando yo me dispongo, aún afónica, a lanzar un grito poniéndome de acuerdo con la humanidad:




- Si pudiérais, insensatos, lanzar un grito al unísono, lo único que oiríamos sería el más certero y justo de los silencios, porque intentaríais imponer vuestras voces a las demás de tal forma que finalmente, hasta el más gritón se quedaría sin voz.-
Y lo digo yo, que de tanto gritar acabé muda.
Con este profundo resentimiento hacia las voces de la humanidad me despido.
He dicho.

martes, 29 de diciembre de 2009

No me gustaría ser pastelero.

Hay profesiones duras, cómodas, bien consideradas...
Hay trabajos fáciles, manuales, sucios...
Hay tareas para chinos, laboriosas.
Se puede trabajar como un negro.
Y también se puede trabajar en vacaciones.
Creo que ésto puede ser una de las peores cosas que te puede pasar en la vida.
Puedes pensar que es mucho peor ir caminando por la calle y que te caiga una maceta en la cabeza, o morder una manzana y encontrarte no ya un gusano, sino medio gusano, o ir corriendo a coger el metro y que el conductor te cierre la puerta en las narices.
Pero no... no hay nada peor que ser pastelero en Navidad.
Mientras todo el mundo se deja el cuello contemplando las luces de Madrid, guarda horas y horas de cola para comprar el regalo perfecto a sabiendas de que no existe, emplea las horas muertas en escribir postales deseando feliz navidad a gente de cuya vida no sabe nada más que una vez al año (y porque no hace daño), métase usted, señor pastelero, a fabricar como robot de cocina roscones de reyes, para no comerse ni un rosco.
Así de dura y sacrificada es la vida del pastelero.
Así de dura y sacrificada como la del turronero y el polvoronero, si es que ese término es contemplado por la RAE.
Yo, en solidaridad con esos pequeños colectivos, y en vistas de que ningún sindicato piensa hacer lo más mínimo por mejorar sus condiciones de vida, me saco de la manga (pastelera) un último as.
Les proclamo...

domingo, 27 de diciembre de 2009

Rota.

Hoy, no me mires.
No me mires, porque hoy soy tan frágil que una simple mirada podría destrozarme en pedacitos, como si fuera de cristal.
Y con más razón una mirada, porque todos sabemos que a veces matan.
Hoy estoy tan cansada, que me duele hasta cerrar los ojos para poder descansar.




No digo que esté rota, sino que a día de hoy la avería es difícil de reparar.
Una máquina, la más perfecta, modelo de todos los motores habidos y por haber, tan perfecta y automática que nadie se preocupó nunca por comprenderla, porque pensábamos que nunca se pararía, y ahora...
Eso suele ocurrir, dar las cosas por hecho. No hay error más grande que pensar que nada podrá fallar. La confianza es uno de los mayores regalos que pueden hacerse los seres humanos, pero el confiarse es una de las grandes necedades a la que estamos condenados.
Y así nos va, avanzamos como ciegos creyéndonos dueños de la luz, pensando que nada nos va a parar. Hasta que, tarde o temprano, avanzando a tientas como hacemos, confiando ciegamente, nos damos de bruces contra una pared mal colocada, o bien puesta, todo depende del cristal con el que se mire.
Y como cristal, nos rompemos. Rotos, averiados, sin arreglo. En medio de un camino poco transitado dónde es difícil que alguien nos encuentre, tirados en la cuneta como estamos.
Podría ser que, algún día, alguien nos encuentre en pedazos, y en el intento de recomponernos nos deje un poco menos destartalados.
Veo más cercano ese día que aquel en el que sepamos cómo, solos, en mitad del camino, juntar los trozos del desastre que hemos organizado, sólo por pensar que nada podría pararnos.

Something's going wrong, but we love mistakes.


- "Desvaría".
Una verdad tan cierta como insufrible.
Una crítica ácida que estimula un estilo de vida.
Si...
- "Desvaría".
Porque la uniformidad es un aliciente que no motiva la existencia humana, todos queremos dejar una huella indeleble que muestre nuestro paso por el camino más tortuoso jamás concebido.
Puede ser por eso por lo que pretendemos cambiar el mundo a cada paso que damos, e incluso en los momentos en los que pensamos que será el mundo el que finalmente nos cambie a nosotros, siempre nos queda ese leve aliento que nos hace pensar que aún nos queda algo por hacer en esta vida.
Y es que hay tanto que hacer en esta vida... demasiado, diría yo.
Por eso me da la sensación de que el tiempo cada vez se empequeñece, como una broma pesada que nos asalta en cada esquina y nos destartala los planes que tan eficientes se nos prometían.
Pretendemos estirar las horas, los minutos, los segundos incluso... Alargar la vida hasta tal punto de hacer de la brevedad de la existencia un falso mito, y de la inmortalidad algo tangible, no esa vana utopía que a tantos hombres ha seducido, llevándoles al más terrible de los fracasos y en ocasiones a la más reconfortante locura.
El tiempo corre, y no en vano, todos somos conscientes.
Algunos deciden evadirse fundiéndose en la locura, ese arma que ni pincha ni corta, pero sirve de vía de escape a la humanidad.
Todos los locos desvarían, pero oígame usted:
- Qué leve es el tiempo para ellos.
Lo mismo les daría un año que un lustro, lo mismo un día que la totalidad de la vida. Un segundo puede cambiarlo todo bajo su punto de vista, bien mirado.
Bendita locura.
Y contrapuesto a ésto se halla otro ejemplo muy común de locura, el de aquel para el que el tiempo juega un papel demasiado importante, y en su intento por desbancarlo pretende alargar los días. Ésta locura ha pasado a ser algo habitual hoy en día.
Craso error...
Erróneamente hay quien pretende estirar la vida, como si fuera un tejido precioso que todo lo resiste. Para su sorpresa, como cualquier tejido precioso, acaba por ceder, por ceder al colapso.
Estirando la vida al máximo.
Al máximo elevamos los detalles nimios que nos ocupan las horas muertas y las horas vivas.
Al mínimo descendemos las funciones vitales, las hacemos descender al sótano más recóndito, de aquel desde el que fuimos ascendiendo, donde se hallan en verdad los orígenes de la vida.
Respirar, comer, dormir...
Dormir...
En mi afán por estirar los días suprimí las noches como tal, y con ellas el sueño, el descanso, el lecho.
Demasiado tarde para corregirme.
Demasiado tarde para olvidar que he aprendido a soñar despierta.