martes, 1 de mayo de 2012

Soledad, no estés triste.






Y es que así es como te veo, Soledad. Como una señora mayor que está sola, arrugadita y triste.
Soledad, no estés triste. Que yo me quedo a tu lado un ratito, Soledad.
Ayer con mis amigos acabamos hablando de ti. Estábamos tomando algo en esos bares tan llenos de gente y que tan poco te gustan, esos mismos a los que suelen ir para ahogar las penas y olvidarse de tu nombre. Y de pronto alguien te nombró. Hablábamos de mi amiga, esa que no te aguanta ni un minuto y que por evitarte se va con cualquiera que se le cruce por delante, porque todos le parecen mejor compañía que tú, Soledad. El caso es que esta amiga volvió con su novio, ese que tan mala vida le daba, por evitarte y no saber escuchar tus consejos.
También charlamos acerca de cómo uno al que hace un tiempo no le convencías mucho acabó rindiéndose a tus encantos y ahora no os lleváis tan mal. Y eso que dijo que "prefiero tener un par de tetas al que agarrarme que estar solo con mi Soledad". Ya ves tú, estos chicos de hoy en día ... Anteponen un par de tetas pegadas a vete tú a saber qué a una mujer hecha y derecha, curtida por el tiempo y que no tiene otras armas de mujer que la paciencia. Una mujer como tú, Soledad.Tú que les enseñas lo que pocas pueden enseñarles. Les enseñas cómo son realmente, y sin palabras siquiera les muestras lo que pueden llegar a ser. Porque tú eres como un espejo silencioso en el que mirarse durante horas sin vanidad ni vergüenza. Reflejas cada cicatriz, cada arruga, cada marca que ha dejado el paso del tiempo desde la completa oscuridad, porque sólo a oscuras y en silencio se puede conocer la verdad.
Pero ya sabes qué pasa a veces, que algunas personas no están hechas para escuchar verdades. Y menos aún tus verdades oscuras y silenciosas.
Tú ya sabes que lo nuestro no es así. Al principio te tuve miedo, como a todas las señoras mayores. Sí, no te rías, las señoras mayores como tú me asustan, Soledad. Tenéis la piel surcada por la sabiduría y la vista cansada de haberlo visto todo. Tuve reservas a la hora de saber qué pensarías tú de alguien tan joven y tan simple como yo cuando recurriera a ti. Pero sin embargo, tú no tuviste reserva alguna cuando te acercaste a mí y me envolviste con un abrazo en el que pareció que éramos una sola. Tú y yo, Soledad.
Nada me pediste, nada me preguntaste y ni te di, ni te respondí. Tú solamente querías que estuviera contigo un poquito, enseñarme algunas cosas para que pudiera alejarme de ti un tiempo y apañármelas sola hasta que nos volviéramos a encontrar, por cosas de la vida.
Ay Soledad, qué distinta soy hoy de la primera vez que nos vimos. Sin embargo tú... Tú sigues siendo la misma. Un poquito más encorvada y pequeña, por cosas de la edad, pero infinitamente más cálida porque me eres mucho más familiar.
Siento lástima por esos que no se atreven a acercarse a ti lo suficiente. Ellos no sabrán valorarte como te mereces ni podrán encontrar un refugio en ti. Porque no te dejes engañar por lo que digan, Soledad: tú eres buena.
No llores, Soledad. Que me voy porque yo quiero, no porque no te aguante. Prometo que volveré pronto, te necesito de vez en cuando en mi vida.
Pobre Soledad, te has acostumbrado a andar sola por la vida, porque todos te huyen y nadie quiere pasar demasiado tiempo en tu compañía.