domingo, 19 de septiembre de 2010

Leyes de gravedad.

Es pura cuestión de pelotas.
Todo lo que sube, tiene que volver a bajar, y en algún momento de su existencia de nuevo regresará al aire, y así hasta que por pura inercia y por falta de energía se cierre este círculo vicioso, finalmente con el más íntimo contacto con la Tierra.




Y así es como deben estar las cosas, ligadas a la tierra, porque la única manera de mantenerse estable es no despegar nunca del suelo, no ganar altura, porque los seres humanos no son aves que puedan desplegar sus alas fácilmente. Son bastante gallinas.
A mí, personalmente, me dan miedo las alturas, pero sólo cuando soy consciente de que realmente estoy volando alto. Si, es un miedo patológico a la felicidad.
Exacto, un autosabotaje contra la felicidad.
Y cuando la verdad sobreviene, planeo en un vuelo sin motor, hasta que por fin encuentro algo contra lo que estrellarme y caigo al suelo, de vuelta a la realidad.
Ligada a la tierra me hallo ahora, qué maravillosa sensación.
Pero me canso de tener los pies en la tierra siempre, porque los gallinas tenemos ansias de volar alto de vez en cuando, aunque tarde o temprano eso suponga una colisión mortal, o cuanto menos, dolorosa.
Me cansa el contacto con la tierra, demasiado seca, demasiado dura, demasiado fría...
Ahora sólo quiero volar.
Sólo me queda encontrar la manera.
Pero a qué debo aprender antes, ¿a volar o a ser feliz?
Eso sólo lo sabrá la ley de la gravedad.

domingo, 5 de septiembre de 2010

No tengo Remedios.

Este año, por lo menos.
Y es que me pasa como siempre, que estoy en el peor lugar, en el momento menos indicado.
Yo tenía que andar hasta hace un rato pegando saltos por el campo, con mi bocadillo de anchoas y mi lata de Coca-cola, mostrando una fe poco usual en mí pero por eso aún más valiosa, y aquí me hallo, echando de menos lo que este año no tengo y masticando rabia pura.
Lo bueno de esa digestión de rabia pura, que cuando se junta con las sales biliares allá por mi estómago me da una acidez que me inspira y que me hace pensar que aquí no pinto nada, porque no hay color, ni lienzo, sólo manchas por todas partes.
Manchas con forma de persona que, en su embriaguez, te dan un brochazo en la boca para no acordarse de nada al día siguiente.
Pero yo si recuerdo, porque mi mente poco tiende al olvido, y me pregunto si realmente será verdad todo lo que dicen los borrachos.
Porque si esas son sus verdades, prefiero borrarlas con aguarrás.
No me déis pinceles, a mí... dadme Remedios.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El psicoanálisis del tábano.



La gente que sólo habla de sí misma se siente sola... porque está sola.
Su universo consta de un único planeta entorno al cual no gira nada de nada.
No hay más estrella que la que alumbra su ombligo, ni más luna que a la que ellos deciden dedicar las noches en vela.
El censo de la única ciudad que existe sobre la faz de su Tierra es casi tan triste como el barquito temerario que surca su océano embravecido, que no encuentra un puerto donde echar amarras porque el faro está vacío y apagado, el único habitante de ese pequeño planeta no puede hacer a la vez de marinero y guía de navegantes perdidos.
Así de triste, como el destino que le espera.
Dar vueltas, y vueltas, y vueltas, y vueltas a los mismos lugares, a los mismos temas, a los mismos pensamientos y pareceres... No tiene nadie que le muestre distintas formas de vida.
Pero al no concebir nada más allá de su persona, no añora algo que lo envuelva, y es feliz en su soledad porque el mundo es para él y él es para su mundo.
Sin embargo... el que nunca habla de sí mismo se siente sólo... porque tiene miedo a quedarse solo de verdad.
Ve su mundo tan feo, tan gris, tan obsoleto y tan muerto que prefiere mimetizarse con el universo vivo y reluciente que le rodea por miedo a que le descubran y le expulsen de la galaxia.
Ese tipo de gente es como mi madre con las visitas, tiene la firme intención de poner la casa guapa antes de que lleguen las visitas.
La única diferencia es que mi madre, en su disposición, invita a las visitas y luego se pone a faenar antes de que lleguen, pero esas personas que nunca hablan de sí mismas faenan incansablemente por si acaso llegaran las visitas, como si esperásemos que alguien tocara a nuestra puerta por equivocación y al ver la casa tan bonita, tan arreglada, decidiera quedarse a tomar un café con pastas por mero asombro.
Tábanos, siempre sobrevolando sin posarse en ningún lado.