domingo, 4 de abril de 2010

Nacida salvaje, criada en cautividad.

Todo lo bueno se acaba.
Y yo que no me lo quería creer...
Maldita ilusa, deja de pensar que "ese tipo de cosas a mí no me pasan" o que "si cuentas hasta 10 tus problemas desaparecen".
Porque tú no eres especial y te pasan las mismas cosas que a todo el mundo, y el contar no va a ponerte a salvo de nada, sólo puede retrasar las consecuencias.
Es lo que tiene crecer en cautiverio, que caes en ciertos formalismos sociales que intentan amparar ese sentimiento de vulnerabilidad que lleva innato el ser humano en su esencia. Con un poco de amaestramiento se puede hacer creer a una persona que es totalmente inmune, cuando vive rodeado de bacilos, cocos, espirilos, virus con cápsula y sin ella, protozoos y demás agentes infecciosos ante cuya inmunidad sucumbiría seguramente.
Con un poco de autoestima y unos cuantos buenos medicamentos alguien puede llegar a creerse indestructible, hasta que, por causas del destino, sucede algo que hace que ni la moral del más vanidoso del mundo pudiera resistir, las "cosas de la vida".
Y entonces es cuando te das cuenta de que si nadie te hubiera domesticado, no habría esos conflictos interiores que desencadenan una guerra personal en nuestro fuero interno, que por lo temprana en su aparición y su tardía firma de paz, nos abandona ya casi en el lecho de muerte, asemejándose en cuanto a lo literario a la Guerra de los Cien Años.
Es por esas "cosas de la vida" por las que me niego a que me domestiquen.
Por las "cosas de la vida" y por las consecuencias de ser un animal doméstico, quien haya leído El Principito bien me entiende.

Me niego a ser domesticada, así que me voy a mantener en estado salvaje para siempre, salvaje como... las amapolas.
Y me voy a guardar las espinas, por si algún día tengo que echar mano de ellas por "cosas de la vida".

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