Y vaya usted a saber por qué, hoy me ha dado por contar.
Con lo cual, podemos deducir que, si hoy me dio por hacer algo que habitualmente me trae por la calle de la amargura, hoy ha sido un día, cuanto menos, amargo.
Para recrear cómo fue el día de una manera ilustrativa, sin llegar a rozar la ordinariez ni rayar lo obsceno, diré, tomando como base la citada amargura, que hoy ha sido un día equiparable a aquello que sale de allá por donde amargan los pepinos.
Quien tenga ojos y capacidad para la lectura, que entienda.
Aparte de ser un día de ******, fue mi día 7209 sobre la faz de la Tierra.

Como ya dije antes, a mí los números de siempre me han agobiado, y más si en total suman la nada desdeñable cantidad de 7209.
Miedo me da cuando me pongo trascendental.
Mamá, tiembla.
Que la niña se dio cuenta de que en sus 7209 días de vida sigue exactamente igual que en el primero de ellos.
Algún ligero cambio hubo: aprendió a hablar, caminar, escribir, leer, vestirse sola, pedir las cosas por favor, llamar a las puertas antes de entrar, hacer huevos fritos y spaghetti, respetar a los mayores, poner la lavadora... Todos cambios sensibles, completamente necesarios. Pero... ¿qué cambió con esos cambios?
Completamente nada, porque los cambios eran parte del intento por hacer que todo siguiera igual.
Porque si el cambio hubiera sido aprender a que por la calle se va en pelotas, por ejemplo, si que algo hubiera sido distinto. A lo mejor sólo por el hecho de que algún catarro de más hubiera cogido.
Pero no, el cambio fue seguir la norma, y nada más y nada menos que durante 7209 días, con sus 24 horas, y consiguientes minutos y segundos. Dejémonos de cálculos, que no son lo mío.
Creo que a partir de hoy, gracias a mi trascendentalismo, voy a poner en marcha una estrategia.
Voy a contar al revés, para que mi plan no implique cálculos añadidos, y mañana será mi día 7208 sobre la Tierra, y el siguiente el 7207... y así sucesivamente.
Y cuando llegue al día 0, pienso empezar algo nuevo y totalmente novedoso, algo que sí que sea un verdadero cambio, que haga de cada nuevo día que viva algo diferente.
Menos mal que me di cuenta a la tierna edad de 19, porque si me hubiera dado cuenta a eso de los 60 años, hubiera vivido el resto de la vida en una permanente cuenta atrás.
Así que la cuenta atrás amenaza con ser un proceso de despojarse de todos los cambios que me han conducido a la norma.
Voy a olvidarme de cómo se habla, escribe, come con cuchara, cuchillo y tenedor, se camina, se lee, se toca el piano,la moral y las narices, se sonríe cuando se ve una cara conocida, se dan los buenos días por la mañana y las buenas noches al irse a dormir... me voy a olvidar de todo lo olvidable. Y al final, de lo único de lo que pienso acordarme será de lo primero que conocí, de mamá y de papá, que, pese a que no tengo pruebas fehacientes de que sus caras fueron las primeras que me aprendí de memoria, tengo mis sospechas, y si aún así no fuera de ese modo, estoy segura que ellos estarán encantados de volverme a enseñar todo aquello que merece la pena aprender, y como seré ya una mujer de edad avanzada no se entretendrán con tonterías como aquellas que aprendí y decidí olvidar, escudándose en la excusa de "tiene todo el tiempo del mundo para aprenderlo ella sola" para el caso de las cosas interesantes de verdad, sino que irán directamente al grano, y cuanto antes mejor, porque la prisa apremia.
Un bebé de 40 años, eso sí que será un cambio.
Gracias, mamá y papá, por estos 7209.
Prometo no desperdiciar ni uno sólo más de todos los que os quedan por regalarme.
Deberías prometer lo mismo si tú también sientes que has desperdiciado alguno de esos días que papá y mamá te han regalado, ellos se alegrarán al saber que su vástago piensa aprovechar cada uno de los restantes que vayan a venir.
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