
La gente que sólo habla de sí misma se siente sola... porque está sola.
Su universo consta de un único planeta entorno al cual no gira nada de nada.
No hay más estrella que la que alumbra su ombligo, ni más luna que a la que ellos deciden dedicar las noches en vela.
El censo de la única ciudad que existe sobre la faz de su Tierra es casi tan triste como el barquito temerario que surca su océano embravecido, que no encuentra un puerto donde echar amarras porque el faro está vacío y apagado, el único habitante de ese pequeño planeta no puede hacer a la vez de marinero y guía de navegantes perdidos.
Así de triste, como el destino que le espera.
Dar vueltas, y vueltas, y vueltas, y vueltas a los mismos lugares, a los mismos temas, a los mismos pensamientos y pareceres... No tiene nadie que le muestre distintas formas de vida.
Pero al no concebir nada más allá de su persona, no añora algo que lo envuelva, y es feliz en su soledad porque el mundo es para él y él es para su mundo.
Sin embargo... el que nunca habla de sí mismo se siente sólo... porque tiene miedo a quedarse solo de verdad.
Ve su mundo tan feo, tan gris, tan obsoleto y tan muerto que prefiere mimetizarse con el universo vivo y reluciente que le rodea por miedo a que le descubran y le expulsen de la galaxia.
Ese tipo de gente es como mi madre con las visitas, tiene la firme intención de poner la casa guapa antes de que lleguen las visitas.
La única diferencia es que mi madre, en su disposición, invita a las visitas y luego se pone a faenar antes de que lleguen, pero esas personas que nunca hablan de sí mismas faenan incansablemente por si acaso llegaran las visitas, como si esperásemos que alguien tocara a nuestra puerta por equivocación y al ver la casa tan bonita, tan arreglada, decidiera quedarse a tomar un café con pastas por mero asombro.
Tábanos, siempre sobrevolando sin posarse en ningún lado.
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