Todo lo que sube, tiene que volver a bajar, y en algún momento de su existencia de nuevo regresará al aire, y así hasta que por pura inercia y por falta de energía se cierre este círculo vicioso, finalmente con el más íntimo contacto con la Tierra.

Y así es como deben estar las cosas, ligadas a la tierra, porque la única manera de mantenerse estable es no despegar nunca del suelo, no ganar altura, porque los seres humanos no son aves que puedan desplegar sus alas fácilmente. Son bastante gallinas.
A mí, personalmente, me dan miedo las alturas, pero sólo cuando soy consciente de que realmente estoy volando alto. Si, es un miedo patológico a la felicidad.
Exacto, un autosabotaje contra la felicidad.
Y cuando la verdad sobreviene, planeo en un vuelo sin motor, hasta que por fin encuentro algo contra lo que estrellarme y caigo al suelo, de vuelta a la realidad.
Ligada a la tierra me hallo ahora, qué maravillosa sensación.
Pero me canso de tener los pies en la tierra siempre, porque los gallinas tenemos ansias de volar alto de vez en cuando, aunque tarde o temprano eso suponga una colisión mortal, o cuanto menos, dolorosa.
Me cansa el contacto con la tierra, demasiado seca, demasiado dura, demasiado fría...
Ahora sólo quiero volar.
Sólo me queda encontrar la manera.
Pero a qué debo aprender antes, ¿a volar o a ser feliz?
Eso sólo lo sabrá la ley de la gravedad.
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