domingo, 27 de diciembre de 2009

Rota.

Hoy, no me mires.
No me mires, porque hoy soy tan frágil que una simple mirada podría destrozarme en pedacitos, como si fuera de cristal.
Y con más razón una mirada, porque todos sabemos que a veces matan.
Hoy estoy tan cansada, que me duele hasta cerrar los ojos para poder descansar.




No digo que esté rota, sino que a día de hoy la avería es difícil de reparar.
Una máquina, la más perfecta, modelo de todos los motores habidos y por haber, tan perfecta y automática que nadie se preocupó nunca por comprenderla, porque pensábamos que nunca se pararía, y ahora...
Eso suele ocurrir, dar las cosas por hecho. No hay error más grande que pensar que nada podrá fallar. La confianza es uno de los mayores regalos que pueden hacerse los seres humanos, pero el confiarse es una de las grandes necedades a la que estamos condenados.
Y así nos va, avanzamos como ciegos creyéndonos dueños de la luz, pensando que nada nos va a parar. Hasta que, tarde o temprano, avanzando a tientas como hacemos, confiando ciegamente, nos damos de bruces contra una pared mal colocada, o bien puesta, todo depende del cristal con el que se mire.
Y como cristal, nos rompemos. Rotos, averiados, sin arreglo. En medio de un camino poco transitado dónde es difícil que alguien nos encuentre, tirados en la cuneta como estamos.
Podría ser que, algún día, alguien nos encuentre en pedazos, y en el intento de recomponernos nos deje un poco menos destartalados.
Veo más cercano ese día que aquel en el que sepamos cómo, solos, en mitad del camino, juntar los trozos del desastre que hemos organizado, sólo por pensar que nada podría pararnos.

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