martes, 29 de diciembre de 2009

No me gustaría ser pastelero.

Hay profesiones duras, cómodas, bien consideradas...
Hay trabajos fáciles, manuales, sucios...
Hay tareas para chinos, laboriosas.
Se puede trabajar como un negro.
Y también se puede trabajar en vacaciones.
Creo que ésto puede ser una de las peores cosas que te puede pasar en la vida.
Puedes pensar que es mucho peor ir caminando por la calle y que te caiga una maceta en la cabeza, o morder una manzana y encontrarte no ya un gusano, sino medio gusano, o ir corriendo a coger el metro y que el conductor te cierre la puerta en las narices.
Pero no... no hay nada peor que ser pastelero en Navidad.
Mientras todo el mundo se deja el cuello contemplando las luces de Madrid, guarda horas y horas de cola para comprar el regalo perfecto a sabiendas de que no existe, emplea las horas muertas en escribir postales deseando feliz navidad a gente de cuya vida no sabe nada más que una vez al año (y porque no hace daño), métase usted, señor pastelero, a fabricar como robot de cocina roscones de reyes, para no comerse ni un rosco.
Así de dura y sacrificada es la vida del pastelero.
Así de dura y sacrificada como la del turronero y el polvoronero, si es que ese término es contemplado por la RAE.
Yo, en solidaridad con esos pequeños colectivos, y en vistas de que ningún sindicato piensa hacer lo más mínimo por mejorar sus condiciones de vida, me saco de la manga (pastelera) un último as.
Les proclamo...

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