domingo, 3 de enero de 2010

Rarezas que dan pereza.

Hoy, gracias a los dos apagones consecutivos que he vivido entre las 19:23 y las 19:31, en los que mi casa, es decir, mi mundo, se ha quedado completamente en penumbra, me he dado cuenta de que soy una persona extraña.
Soy una extraña hasta para mí misma.
Pero eso es algo que ya no me desconcierta demasiado, o por lo menos, no me quita el sueño.
En las mejores familias hay un "rarito" y esta vez, me ha tocado serlo a mí.
Y qué banalidad más cotidiana ha sido la que me ha hecho darme cuenta de mis rarezas...
La culpa fue de la oscuridad, que en mi caso no se manifiesta como en el resto de las personas.
Lo más normal, o por lo menos lo que dictan las leyes de la lógica y del salvaguardo de la propia seguridad, cuando se sobreviene un apagón, corremos a donde sabemos que tenemos las luces de emergencia, para poder buscar velas e iluminar nuestro hogar de una forma cálida y alternativa, dada la desaveniencia.
En mi caso... pasa algo distinto.
Hoy, por propia inercia, cuando me he visto sumida en la oscuridad y he logrado encontrar tras haber buscado a tientas mi famosa luz de emergencia, no he pensado en encender velas no...
He pensado en encender la VELA.
Y no cualquier vela, sino aquella que consigue inundar mi habitación de un olor especial y hacerme entrar en trance.
La vela de mi quemador de aceite.
Pero justo cuando veía ya cerca el triunfo de la oscuridad, que me traería por un ratito mi pequeño paraíso con olor predeterminado a azahar, la luz (o Iberdrola) ha decidido acabar con mi momento de paz, sumiéndome en este tipo de reflexiones que se dan sólo a oscuras, y que te llevan a darte de bruces contra el espejo y ser un poco más consciente de tu persona.
Odio los espejos.
Odio las luces de emergencia.
Odio estar a oscuras sin mi quemador de aceite encendido.
...

Soy rara.
Me aburren las mañanas.
Prefiero cenar a desayunar.
Se me queman las tostadas.
La mala leche, la tengo en caliente.
Me amarga la mermelada.
Echan a correr las vitaminas
del zumo de naranja
en cuanto me ven la cara.
El café me anestesia.
No sé darle la vuelta a la tortilla.
Por más azúcar que le echo,
nunca se me endulza la vida.
No lloro como las magdalenas.
Ni me desinflo como los soufflés.
No soy dulce como un pastelito.
Ni tierna como un bollito.
Si me dejan me como el mundo,
y voy bien desayunada.
Tengo enredos en la cabeza.
No me despierto, me echan al mundo.
En lugar de dar los "buenos días",
rujo.
Siempre me caigo de la cama.
Me queda grande el pijama.
Y...
...debo confesar, desde lo más profundo de mi almohada,
que me da pereza,
cambiar mis rarezas,
cada mañana.

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