jueves, 14 de enero de 2010

Ha llegado a su destino.

Últimamente paso demasiado tiempo en las estaciones... Vida estacionaria, podríamos calificarla sin lugar a dudas.
Esperas en andenes, interminables viajes hacia nuevos universos que poco a poco están siendo descubiertos, grises vueltas al hogar con una mezcla de cansancio y alegría... Esa es mi vida desde hace poco.
Y es que el tren es un mundo paralelo que fluye con dudosa regularidad y no menos incierta rapidez, atravesando el nuestro propio de forma sigilosa, pero no dejando indiferente a nadie a su paso.
Es como una gran matriarca que recibe y despide constantemente a sus hijos perdidos, que bien con prisa despliegan sus alas porque llegan tarde a la vida o bien regresan taciturnos con la chaqueta sobre el hombro del fracaso de la existencia.
Todo puede darse en los trenes.


El sueño, la risa, la cultura, el llanto, la mismísima muerte...
El otro día, en mi odisea particular, creyéndome ya la reina del mambo en mi infinita experiencia con el transporte público, corta pero intensa, como el buen café, me di cuenta de que aún pasan cosas extraordinarias que hacen que seamos conscientes de esa verdad tan estimulante que tanto tendemos a ignorar:
- Las cosas más maravillosas pasan en los lugares más insospechados.
Y es que, cuando nadie parece mirar ni escuchar, el destino nos deja entrever como quien no quiere la cosa algo que te alegra el día, y en cierto modo también hace un poco más amplia la sonrisa con la que deambulas por la vida.
Y me despertó la ternura y la inspiración un enano que dijo con lengua de trapo:
- Mamá, es de noche.
A lo que su madre le contestó:
- No cariño, es sólo un túnel.
Ese instante, tuve el irrefrenable impulso de pensar siempre como un niño, y poder creer que los túneles son oscuridad eterna como la noche, y los trenes bravos caballos de acero.

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