miércoles, 6 de enero de 2010

If you hear an annoying sound, it will probably be my heartbeat.

Con el tiempo todo se reblancede.
El cerebro, los vaqueros, las carnes, el sofá, el corazón...
Todo envejece, incluso las cosas que nos hacen recordar lo jóvenes que fuimos.
Fotos.
Fotos antiguas.
Fotos antiguas de tiempos más nuevos.
No hay retoque que valga, sino el mismo retoque que nos hace maquinar de forma estratega la memoria en un intento por salvaguardar nuestro amor propio.
Por más que lo maquillemos, no podemos huir de ello.
Intenta poner una buena base en crema que se funda con el tono de tu piel, aplícale un poco de colorete vivo para ponerle un poco de fuego en las mejillas, tiñe de negro las pestañas alargándolas hasta el infinito y colorea la boca de colores frescos como los besos que pueden llegar a dar.
De nada servirá.
Por más que se funda el maquillaje con ella, la piel mudará de color.
Por más sútil e imperceptible que sea, el fuego de las mejillas acabará por quemar.
Por más que las alargues hasta el infinito, las pestañas no nos permitirán observar más allá de nuestras narices.
Por más fresca que llegue a parecer una boca, sus besos serán fríos y secos si no están cargados de sentimiento.
No hay retoque que valga.




Sólo conozco un método para conseguir eternizar nuestra imagen.
Un método tan efectivo como delatador.
Una mirada.
Dependiendo de la mirada que nos observe, podemos transformarnos en el más terrible de los titanes o en la más indefensa alimaña que jamás haya sido contemplada.
Y es que todo cambia según los ojos con los que se mire.
Ahora es cuando llega la parte que más odio, la que menos me gusta y la que peor sabor de boca me deja.
Hablar de mí misma.
Hay ciertos ojos sin los que no podría vivir.
Esos ojos...
No es su color, no son las cejas que los enarcan, ni las pestañas que impiden que una mota de polvo mancille su blancura, nisiquiera los párpados que los protegen de la violencia de la luz...
Esos ojos están empeñados en retocarme.
Maquillan la realidad, perturban lo que en las fotos se refleja.
Esos ojos me matan, porque se empeñan en revivirme.
Parecen permanecer quietos en el tiempo, inmutables, mientras me recuerdan que todo cambia en general, y que yo también lo hago, en particular.
Tan enormes y secos que hacen que los míos se vuelvan pequeños como rendijas y húmedos como charcos, dándoles la razón en todo lo que me cuentan. Reparan en mí, tornan para mirarme y con ello hacen que yo misma sea consciente de mi propia existencia.
Y de los cambios que tanto miedo me dan.
Y de saber que puede que esos ojos no estén ahí de forma indefinida.
Son como dos cristales, como dos espejos que me devuelven un reflejo que no es cierto, porque ellos se encargan en su ingenuidad de que mi reflejo parezca algo inusual, magnífico, incierto...
Unos ojos tan inocentes como mentirosos, por mantenerme a salvo.
Mentirosos como sólo sabe serlo un amigo.
Mentirosos como sólo sabe serlo el mejor de los amigos.
Maquillan las mentiras de sonrisas, como sólo sabría hacerlo el mejor de los artistas, el mejor de los amigos.
Porque sabes que mintiéndome, me haces sonreir.
Una sonrisa fruto de mi mentira, de tu mentira, de nuestras mentiras a la humanidad.
Porque donde ella ve hombres y mujeres, nosotros vemos ángeles, como tú y como yo.

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